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Ante la juventud - Enrique Tarigo. Discurso pronunciado en la sede de la Coordinadora de la Juventud del Partido Colorado en el mes de setiembre de 1980

https://www.youtube.com/watch?v=eKnYXtwXLIg
La juventud uruguaya colorada hoy, y de caras al porvenir [i]
     “(…)
     En esta verdadera crisis de identidad – yo no soy psicólogo y no sé si la expresión no podrá considerarse abusiva – en esta verdadera crisis de identidad que sufren hoy los jóvenes uruguayos, no queda otro camino que empezar por definirse.
     Y perdónenme que, al tratar de hacerlo, me coloque yo, que hace bastante tiempo que dejé de ser joven, entre ustedes y use, de aquí en adelante, la primera persona del plural.
     No lo haré para tratar de rejuvenecerme, porque ni ello es posible, desgraciadamente, ni en esta pobre fórmula gramatical se encierra, ni mucho menos, el secreto del agua de Juvencia.
     Lo haré porque los abogados y los profesores, y otros sin duda, sabemos, por larga experiencia, que la mejor manera de entender al otro, a nuestro interlocutor o a nuestro adversario, es tratar de colocarse, imaginaria pero fielmente, en la posición del otro.
     ¿Qué somos los jóvenes uruguayos hoy? ¿En qué creemos? ¿Cuáles son nuestras convicciones?
     Y bien. Somos, en primer lugar, demócratas.
     No hagamos grandes frases ni acudamos a las definiciones de la doctrina, que nada de ello nos resultará necesario.
     Somos demócratas porque creemos que en el pueblo, en todo el pueblo y no en una clase social determinada o en un sector o en una casta cualquiera que ella sea, reside la soberanía.
     “La soberanía en toda su plenitud existe radicalmente en la Nación”, dice, desde siempre, la Carta de los uruguayos todos, y la Nación somos todos, sin exclusiones, sin discriminaciones, sin proscripciones de ningún tipo o especie.
     Porque somos demócratas, y los uruguayos somos demócratas por parte de padre y de madre, somos demócratas desde nuestros abuelos y nuestros bisabuelos, desde nuestros abuelos cuartos y quintos, somos demócratas desde Artigas, somos demócratas antes aún de ser uruguayos, porque somos demócratas, sabemos, con esa convicción profunda que sólo nos puede dar la fe, sin necesidad de acudir a la demostración racionalista, aunque sabiendo que ella confirma nuestra convicción, que tenemos, antes que nada, el sagrado derecho al autogobierno, el derecho a gobernarnos por nosotros mismos, el derecho de elegir libremente a nuestros gobernantes, que no son ni pueden ser otra cosa que nuestros representantes en el gobierno.
     Y como sabemos que la unidad y la unanimidad son entelequias imposibles, como sabemos que discrepamos en muchas cosas, como sabemos que cada ser humano y todo ser humano es un universo en sí mismo, un microcosmos, estamos dispuestos a atendernos, por anticipado, a la regla de las mayorías.
     De tanto en tanto aparecen los falsos apóstoles de la unanimidad, los adalides de la unidad nacional o de la unidad del género humano. Pero por encima de su palabrerío sabemos, y lo sabemos a ciencia cierta y a experiencia cierta, que tal unanimidad y tal unidad sólo pueden lograrse, en definitiva, “abriendo a bastonazos los cráneos recalcitrantes”, como decía Mussolini, uno de esos falsos apóstoles. Y ni aún así.
     Pero, además de demócratas, en el mismo plano que demócratas, tanto como demócratas, quizá antes aún que demócratas, somos liberales.
     Tampoco aquí, ni hagamos frases ni pidamos ayuda a las definiciones doctrinarias.
     Somos liberales porque creemos, por encima de todo, en la libertad; porque amamos la libertad, porque sabemos que sin la libertad la vida no vale la pena de ser vivida. Porque la libertad nos es tan necesaria, tan imprescindible espiritualmente, como físicamente nos son necesarios e imprescindibles al aire y la luz del sol.
     Y como somos liberales y como sabemos que nuestra condición humana es la de ser, y ser implica la condición de no diluirnos y no anularnos en una masa anónima sino la de individualizarnos cada uno en nuestro propio ser, en nuestro ser personalismo y único, sabemos que la regla de la mayoría es por sí sola insuficiente.
     Dicho de otro modo: la regla de la mayoría sirve, desde luego, para asignar a los representantes de esa mayoría, la tarea y la responsabilidad del gobierno, pero el principio de la libertad sirve para que, jamás y por amplia que sea la mayoría, ésta pueda avasallar a las minorías.
     Gobierno, entonces de la mayoría, de los representantes de la mayoría y respeto, y derecho a existir, a expresarse y a participar a los representantes de la minoría o de las minorías, y a las minorías mismas. Y, fundamentalísimamente, derecho de todos, las minorías incluidas, a designar, al lado de los gobernantes, a un cuerpo de “censores de los gobernantes”, como llama André Hauriou a los parlamentarios, con una expresión que resulta, sin duda, estupenda.
     Somos demócratas y somos liberales.
     Y somos, además, colorados. Es decir, pertenecemos, nos sentimos parte, de un partido político nacido en los albores mismos de nuestra vida de Nación independiente, que de manera intuitiva, como expresión de sentimiento más que de razonamiento adoptó para sí, como atributos de su esencia y de su razón de ser, los principios de la libertad y la democracia.
     El Partido Colorado, el partido histórico, en sus orígenes mismos, sintió, diría yo, que los verdaderos principios eran esos, la libertad y la democracia. No subestimó ni despreció, naturalmente, ni a la ley o a la legalidad, ni al orden o a la autoridad, pero consideró, seguramente, que la ley y el orden son, apenas, instrumentos o herramientas, medios y no fines, puestos al servicio de los auténticos principios que son, repito, la democracia y la libertad.
     No se me oculta que ésta es una síntesis apretada, y si ustedes quieren, exagerada; no se me oculta tampoco que el Partido Colorado tuvo, en diversas épocas y como todas las coas humanas, sus luces y sus sombras, y que bajo su bandera generosa se albergaron, una y otra vez hombres que no le hicieron honor.
     Pero me parece que ése que dejó apuntado puede ser un resumen mínimo, pero cierto, veraz. Y que a pesar del siglo y medio transcurrido, nos obliga, ¡vaya si nos obliga!
     Y muchos de nosotros somos, además, de demócratas y de liberales y de colorados, batllistas.
     Y se batllista significa, además de todo lo anterior, tener una conciencia social muy viva, muy a flor de piel, sentir que la democracia no se agota con la libertad ni, tampoco, con la igualdad de derechos, sino que precisa también de la fraternidad, de la solidaridad y  – no tengamos temor o pudor a las palabras – de verdadero amor entre los hombres, en especial hacia aquéllos que por razones, generalmente económicas, son los más desafortunados y, por ello, los más necesitados.
     Quienes somos batllistas creemos que en el ideario de don José Batlle y Ordóñez existe, todavía, una fecunda fuente de inspiración para construir un país mejor.
     No somos dogmáticos, o no debemos serlo. Batlle murió físicamente hace cincuenta años y cincuenta años no transcurren en vano. No todas sus ideas, no todas sus soluciones pueden ser hoy aplicables al pie de la letra. Pero nuestra fidelidad a Batlle, como la fidelidad de todos los buenos uruguayos a Artigas, no es una fidelidad de pie de letra sino una fidelidad al espíritu. Y el espíritu justiciero de las ideas de Batlle, lo sentimos vivo y vigente, lo sentimos moderno y lo sentimos actual.
     En cuatro trazos, que tienen mucho de esquemático y que corren el riesgo, como le pasa a todo esquema, de parecer simplista, nos hemos definido.
     Sabemos quiénes somos y qué somos.
     (…)” 

[i] Disertación pronunciada en la sede de la Coordinadora de la Juventud del Partido Colorado en el mes de setiembre de 1980.

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