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Garibaldi y el republicanismo uruguayo - EL DÍA

 
Es un hecho irrefutable que Garibaldi encontró en el Uruguay "in atto", como él podría haber dicho, el ideal republicano por el cual comenzó a luchar en Italia, continuó en la República de Río Grande, luego en estas tierras del Plata y nuevamente en su patria y en otros campos de Europa. 
   ¡Qué lejos de la realidad la figura algunas veces imaginada por ciertos autores, que lo describen como un "condottiero" iluminado, como una especie de Quijote que lleva a cuestas su cuota de locura!
    Ese mismo ideal de República que lo llevó a aceptar como un mal circunstancial, pero inevitable, la instalación de la monarquía en su país, en lo que podría parecer una contradicción, pero que no era más que el reconocimiento de la realidad política que vivía Italia en esos años - y de la que vivía Europa - porque sabía que con una Italia unida y libre se podría llegar a plasmar su ideal republicano, pero nunca se haría con un país dividido, con un pueblo sojuzgado, con una patria materialmente inexistente. 
   El intento glorioso - al que tanto contribuyó - de la República Romana, con su caída heroica, habrá, seguramente, señalado el camino al Conductor de Pueblos. 
   Porque en la derrota se avanza, cuando se sabe sacar partido de ella.
   Cuando Garibaldi, aún al servicio de la República Farroupilha, llegó a esta tierra regida por una Constitución que apenas contaba con siete años de vida, encontró un país que parecía, a través de su Carta Fundamental, ser mucho más de lo que en realidad era en los hechos: con su campaña semidesierta, sus pobladores pobres, su producción casi nula. 
   Pero en esta tierra y en este pueblo que había tenido como jefe a un Artigas, habían calado muy hondo el ideal y la práctica del republicanismo, aunque muchos pretendieron ignorar la no tan lejana influencia, muy latente entonces, como está viva todavía hoy, porque marcó definitivamente el carácter de este pueblo. 
   En este suelo americano Garibaldi, por primera vez en su vida, oye hablar y habla de libertad y de República, en las calles, en las plazas, en los campos; no ya en conciliábulos, en forma oculta, en la acción clandestina bajo la opresión extranjera, como había debido hacerlo en su patria.
   Pero encontró más que eso. Halló una tierra bien dispuesta a recibir como a hijos propios a los emigrantes que partían de la Península empujados, los primeros, por la necesidad de libertad, los que les siguieron, por la necesidad de pan.
    Y más. Aquí formó su familia, aquí tuvo su hogar, aquí le nacieron sus primeros hijos. Por eso fue una época feliz, la que vivió entre nosotros, a pesar de la miseria que debió sobrellevar.
   Aquí este Soldado de la Libertad participó plenamente en la vida activa de la República que lo nombró jefe de sus Fuerzas Navales, jefe de la Legión Italiana y jefe de la Defensa de Montevideo.
    Es evidente que, al ocupar todos estos altos cargos, pasó a ser un personaje político de primera línea y ello fue reconocido expresamente cuando se le designó para integrar la Asamblea de Notables, el cuerpo que cumplía las funciones de Poder Legislativo entre 1843 y 1851.
    Uruguay brindó a Garibaldi la organización institucional de una República a la que se sintió ligado como ciudadano leal, encuadrado dentro de sus leyes, desde 1841 hasta el momento de su muerte.
    Y no es ésta una declaración retórica, sino que responde a hechos constatados. En efecto: fue un integrante de las fuerzas armadas regulares de la República, en cuyo seno obtuvo el grado de general, y jefe de sus Fuerzas Navales.
   Fue distinguido por el órgano legislativo por sus servicios extraordinarios, considerado por los poderes regulares del gobierno en sus disposiciones legales, tanto durante su vida como en el momento de su muerte.
    Garibaldi respondió a estas actitudes del gobierno de la República hacia él, manteniendo siempre en relación al Estado uruguayo la más firme lealtad y consecuencia, que emanaron no de ventajas materiales, que casi no las tuvo, sino de la identidad de ideales que guiaron a los hombres que dirigían los destinos de la Nación en aquella época, con los de quien se declaraba "Ajeno a todo principio de partido que no sea aquel del pueblo, en cualquier parte del mundo en que se encuentre".
    Es así que, respondiendo a una calurosa carta que le enviara el ex presidente Joaquín Suárez en 1862 dice:
     "Mi muy querido amigo: Su carta ha sido par mi muy preciosa. Ud. ha despertado en mi alma mil recuerdos que me han conmovido sumamente. Ud., venerable y virtuoso presidente de la República Oriental del Uruguay en una época de peligros y de calamidades nunca vistos en otra parte de la tierra; Ud., impávido y destinado en ese período de guerra de gigantes - corroborando con su noble conciencia la resolución de los patriotas decididos - a defender a todo trance la causa de la libertad e independencias de mi segunda patria.
    Entre sus valerosos conciudadanos, yo he aprendido cómo se pelea al enemigo, cómo se sufre los padecimientos y sobre todo, cómo se resiste con constancia en la defensa de la causa de los pueblos a la prepotencia liberticida de los déspotas.
     Nada me debe su bella Patria, yo hice débilmente mi deber de soldado de la libertad y estoy ufano con mi título de Ciudadano de la República".
    El gobierno siempre consideró a Garibaldi como a uno de sus más distinguidos veteranos de guerra uruguayos y, como tal, digno de merecer los más altos honores y aun las retribuciones correspondientes.
    Por tal motivo, no es de asombrar que en 1869 se presentara en la Cámara de Representantes un proyecto de ley que declara al general Garibaldi "incluido en el presupuesto general de Gastos, para el año 1870, con el sueldo que a su clase corresponde". Se solicita que se incluya una partida para pagar al general Garibaldi "hoy pobre, miserable, en la isla de Caprera", su sueldo como general de la República Oriental del Uruguay.
    Pasado el asunto a la Comisión Militar, ésta informa en febrero de 1870 que "El General Garibaldi, preeminente figura, objeto de la moción, es un padrón de glorias inmarcesibles para la Nación Oriental (su patria adoptiva) y ella jamás podría negarle la pensión vitalicia que para su rango de general se pide, con plena justicia".
   Los lazos afectivos que unieron a Garibaldi con la República del Plata se mantuvieron siempre firmes hasta su muerte.
    En 1878 el jefe de la Legión Italiana de Montevideo le escribe a José Mazzini desde Caprera agradeciéndole especialmente la bandera de San Antonio, que le hizo llegar por intermedio de un común amigo, y sobre la cual escribió, poniéndole la fecha del 30 de marzo de 1880: "Questi sono gli avanzi gloriosi della gloriosissima bandiera della Legione Italiana di Montevideo".
    Pero también Montevideo y el Uruguay todo, mantuvieron siempre viva la devoción hacia aquel hombre libre que, contrariando su carácter y sus principios humanitarios, tomó las armas para defender su libertad, la de su pueblo y la de todos los pueblos de la Tierra, a quienes consideraba como sus hermanos.
     En 1882, el año de su muerte, como se había hecho siempre desde 1870 y como se continuaría haciéndolo hasta muy entrado nuestro siglo, el 20 de setiembre se conmemoraba como una fiesta nacional. Ese año, en Montevideo, en su Montevido, durante la celebración - tal lo que expresa el diario "La Razón" - "El puesto de honor estaba confiado a los legionarios de San Antonio, diez o doce ancianos octogenarios, dos o tres de los cuales tenían que ser conducidos del brazo, pues apenas podían arrastrar los pies y no había medio de disuadirlos de su propósito ni de hacerlos subir en carruaje".
    El próximo 4 de julio se cumple el 179º aniversario del nacimiento del héroe común de Italia y Uruguay.
     Este nuevo aniversario coincide en nuestro país con un renacimiento del interés por una figura de tan extraordinarios caracteres como es la de Garibaldi.
     No es casual que ese renacimiento coincida también con el de las instituciones republicanas y democráticas, porque cuando la libertad - que nunca se pierde en el interior de un ser humano normal - se pierde en la práctica y, rescatada, se revaloriza, está siempre ligada al pensamiento y a la acción de Garibaldi, que se eterniza en ese ideal supremo.

Carlos NOVELLO


Suplemento fundado por don Lorenzo Batlle Pacheco el 2 de octubre de 1932  EL DÍA. AÑO LIV - Nº 2740. Montevideo 26 de junio de 1986 Págs. 6, 7 y 8)

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