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José Batlle y Ordoñez y el hombre de la multitud. - E. Rodríguez Fabregat.

IV

Batlle y la cuestión social*


   Cuando decimos de la fe de Batlle en el hombre de la multitud, no estamos imaginando nada. Estamos frente a hechos que la expresan.
   Hasta el instante en que él aparece, el hombre de la multitud no tiene significación alguna. Había entonces en nuestro medio patriciado y plebe apenas confundidos en el tumulto de las guerras civiles. Los demócratas de la escuela liberal, especialmente los del partido Blanco, no consideraban al hombre del común como expresión verdadera. Los demócratas de uno y otro partido, productos de la selección de la clase dirigente, sólo aspiraban al gobierno, verdadero gobierno de clase, únicamente accesible a los esclarecidos. Y este era el pequeño grupo dominante que tenía ben sus manos la economía de la nación. Ante ellos estaba, tentadora, fascinante, falaz, sirena de ojos diabólicos en todos los bailes del Candombe, la presidencia unipersonal, el gobierno, el mando. Los esclarecidos eran substituidos apenas por los jerarcas militares que también se cansaban de ellos. Pero el hombre, el hombre de la multitud laboriosa, el de la faena en el taller, el obrero de apenas renovada esclavitud en el trabajo, ese valía, cuando valía, apenas un voto para elegirlos, después de haber valido un heroísmo para defenderlos. Pero siempre en una multitud sin redención, para soportarlos. 
   Para que se comprenda la exactitud de estas afirmaciones bastará leer estas palabras con que un órgano de clase, "El Comercio del Plata", describía y defendía una de las rebeliones antes citadas: 

"... Baste decir que los que iniciaron este movimiento son la juventud más ilustrada del país, los hijos de las familias más acomodadas y más altamente colocadas. Allí no había proletarios ni vagos: sino doctores, ciudadanos, estudiantes"

   Y obsérvese que esta revolución se hacía, sin proletarios ni vagos, contra un caudillo, Venancio Flores, en cuyo corazón no cabían tan antisociales como impúdicas discriminaciones. 
   Pasan treinta años de estos sucesos. Han terminado los despotismos militares y han comenzado los desórdenes civilistas de camarilla y de casta. Batlle y Ordoñez cree llegada la hora de comenzar resueltamente. Batlle quiere poner en movimiento, "echar a andar" aquellas fuerzas sociales hasta entonces desconocidas y exceptuadas, en cuya definición, a cargo de la clase esclarecida y dirigente, por igual se confunden vagos y proletarios. 
   Batlle convoca entonces a las multitudes del Partido Colorado, que él esta haciendo renacer, y del país, para realizar una demostración popular auténtica. Está otra vez frente a los que mandan por mandar. Pero él se va a poner al frente de los que hasta ese momento no han sabido más que obedecer, para imponerles otra consigna. Anunciada la manifestación en el diario de Batlle, los diarios del régimen combaten o se burlan del intento. Y uno de ellos, desdeñosamente, comenta: 
   "Habrá (en esa manifestación) muchas blusas, pero pocas levitas y pocas galeras."
   Y Batlle responderá al aserto escribiendo estas palabras que denuncian el advenimiento de otra fuerza y otra edad: 

"Han dicho algunos, haciendo por ello un cargo al Partido Colorado, que en la manifestación de mañana se verán pocas levitas y pocas galeras. ¡Es verdad! En el Partido Colorado predomina el pueblo, es decir, las clases trabajadoras!

   Es la primera vez que eso se proclama así a través de más de medio siglo de independencia y de república. Ha entrado por fin en la escena social el verdadero portagonista, el sacrificado actor en el drama: el pueblo trabajador. 
   Y cuando pocos año después se produce en Montevideo la primer huelga obrera, Batlle saluda su estallido como un hecho de proyección eminente, y, con escándalo de todos, secunda desde su diario el desarrollo del movimiento.

***

* RODRIGUEZ FABREGAT, E. 1941. Batlle y Ordóñez. El Reformador. Bs. As. - Argentina. Editorial Claridad, S.A. pp. 301-302 

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