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EL BATLLISMO QUIERE QUE EL PUEBLO DISPONGA. “el plebiscito no es la negación del sistema representativo; es la pieza que le falta”

(…)


   No diremos nosotros que los pueblos no se equivoquen; pero, sí, aseguramos que si hay quienes tengan derecho a equivocarse sobre lo que les concierne, son ellos mismos. También afirmamos que las multitudes, cuando pueden deliberar y expresar de una manera adecuada su voluntad se equivocan menos que los individuos. El pensamiento común no se forma sino por el choque de todos los pensamientos y hay en él, por tanto, necesariamente, una gran base de reflexión. Voz del pueblo, voz de Dios.
    Dice el articulista argentino (del diario La Nación):

   “El sistema plebiscitario no es sólo incompatible con el sistema representativo; es su negación misma. El régimen del gobierno por delegación ha nacido precisamente de la incapacidad probada de las masas para ejercer el gobierno directo” .
   Y bien. El sistema plebiscitario no es la negación del sistema representativo. Es la pieza que le falta. Es su complemento. Es la perfección de ese sistema.
    Si las asambleas legislativas tienen la obligación de representar al pueblo, interpretar su voluntad y hacer leyes en su nombre se requiere un instrumento que determine cuando una asamblea legislativa cumple con su misión y cuando no. Si en una casa, en una empresa cualquiera, el amo, el director calla, es señal de que nada tiene que observar a sus subordinados. Si, al contrario, desaprueba y deshace lo hecho, es manifestación evidente de que la gestión de sus inferiores no se ha hecho con arreglo a sus instrucciones o a sus deseos.


(…)


   Las asambleas legislativas representan al pueblo en las democracias y de esa investidura emana su autoridad. Si se les permite que procedan por su cuenta durante su mandato y se inhabilita al mandante para reclamar de su gestión, el carácter representativo desaparece y queda en pie solamente una corporación dotada de poderes absolutos, que puede hacer su voluntad arbitraria en cuanto se le ocurra, dentro de su esfera de acción. Tal es el vicio fundamental del sistema representativo. El plebiscito o referéndum corrige ese vicio. El señor, el pueblo, contempla la conducta de sus comisionados y representantes y calla mientras que se cumple su voluntad, o mientras que todos sus representantes (en nuestro caso la Junta de Gobierno y el Cuerpo Legislativo) marchan de acuerdo y, no habiendo discrepancias de opiniones entre ellos, no resuelven consultarlo. Pero se le consulta (cuando la Junta de Gobierno cree inaceptable lo hecho por la Asamblea General) y entonces da su opinión sobre lo que debe hacerse y esa opinión es la ley suprema, o Junta y Asamblea General de acuerdo, adoptan resoluciones que no le satisfacen y entonces interviene espontáneamente y dice: desapruebo lo hecho y queda sin efecto.


(…)



   ¿Qué las masas son incapaces para juzgar y adoptar resoluciones acertadas? Renunciemos entonces a la democracia y a las repúblicas fundadas en el gobierno del pueblo. Renunciemos también a esas pseudo asambleas representativas, que encantan al articulista de “La Nación”, porque si las masas populares no son capaces de tomar una resolución acertada sobre cuestiones concretas como son casi siempre las que originan los plebiscitos – ¿cuánto serán menos capaces para apreciar convenientemente el saber y la moralidad de los hombres a quienes encarguen de resolver todos los problemas nacionales que puedan presentarse en el transcurso de dos, tres, cuatro o más años?

   Es en esta elección precisamente donde se alza la mayor dificultad del régimen representativo, pues si es a veces imposible, en el trato personal y diario, apreciar bien las ideas, las tendencias y la moralidad de una persona ¡Cuánto mayor no será la dificultad para el elector que no ha visto jamás al elegido, de saber bien por quién da su voto! El plebiscito o el referéndum, es el gran remedio de los errores que se cometen necesariamente en la elección de los enviados al Cuerpo Legislativo, y la vigilancia constante del pueblo sobre los actos de éstos y la facultad de negarle su aprobación, que se reserva, al establecerlo, es la sola garantía seria que puede darse de que sus ideas y sentimientos no han de ser abiertamente contrariados.
  No es verdad que el pueblo sea incapaz de gobernare a sí mismo si se encuentra una forma conveniente para que exprese su voluntad. La opinión pública tan respetada y tan invocada, no es otra cosa que la opinión del pueblo. Y esta opinión es, efectivamente, la del organismo nacional. Porque es la opinión que se forman en todos los círculos, hasta en los más pequeños, alrededor el que mejor piensa, del más ilustrado, del más moral, del que inspira más confianza, en una palabra, del mejor. Nuestro paisano, aún el analfabeto, no vota a tontas y a locas y lo mismo ocurre en todas las regiones del mundo. Los más humildes, los menos preparados, algo piensan y algo juzgan; y cuando no pueden formarse esa opinión por sí mismos, tienen a mano el amigo de confianza, la persona que no los ha engañado nunca, al meno a sabiendas; y esta persona, a su vez, cambia ideas y se ilustra con otra, cuya rectitud, cuyo buen juicio y algún conocimiento le inspiran confianza. Y la opinión se forma así, en una cadena de relaciones sinceras y de intenciones honradas, y en un aporte común de informe y conocimientos que permiten a los mejores ejercer n ella, aún en los parajes más ignorados, una influencia mucho más importante que la de un simple voto. 
  No renunciemos pues al plebiscito, que permite a cada uno, por humilde que sea, ejercer una intervención directa en la marcha social, ora aplicando sus propios conocimientos, ora, cuando su falta de preparación no le permite formarse opinión acabada por sí mismo, secundando la acción de la persona en cuyo juicio y en cuya moralidad confía.

JOSÉ BATLLE Y ORDOÑEZ.

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