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Reportaje al Dr. Domingo Arena por Lorenzo Batlle Berres

El guarda, desde su puesto en el andén trasero, da un grito de advertencia a mis compañeros de viaje, a quienes embota la dulce pereza de la mañanita estival.
Camino Avengo…
Se detiene el pequeño autobús que en muchos trechos del largo viaje avanzó anhelante, y desciendo de él, entumecidos los miembros por la forzada quietud de casi una hora.
Me baña el sol que cae a plomo sobre la carretera y, advirtiendo la soledad del paraje, abro los brazos y ensancho el pecho aspirando una gran bocanada de aire que trae olor de pastos y de rocíos…
Después emprendo la marcha por la callecita en la que ponen extrañas manchas de sombra viejos eucaliptus. A mi izquierda, campos incultos, una gran quinta abandonada; a mi derecha, casitas coquetonas, pequeños comercios sin clientes y ranchos de muchachas de solados, que andan atareadas en el trajín diario.

No he caminado trescientos pasos cuando doy con la quinta del doctor Arena; frutales de anchos ramajes en filas rectas y alargadas y, en medio de ellos, severo, airoso y macizo, el caserón de don Domingo, con sus grandes ventanales que asoman curiosos al camino por sobre las copas de los árboles.
No sabría explicar por qué, pero con el ánimo un poco encogido, llego al portón de acceso a la quinta. La entrada es un camino largo, bordeado por grandes moreras que unen sus copas formando un perfecto túnel. El sol se cuela en él por entre las hojas que va desprendiendo el otoño y extiende en el caminito, curiosas manchas de oro.
Entrando, hacia la derecha, hay un banco de quinta; descansa en el, perezoso, como soñando, un viejo bizcochero, al que yo le digo:
-Buenos días, buen hombre: ¿no sabe usted si está en casa el doctor Arena?
El viejo me mira. Tienen sus ojos pequeñitos una señalada expresión de ausencia. La luz transparentándose a través de las hojas de las moreras, tiñe de los más diversos tonos de verde, la cabeza, la barba, la ropa, la espesa nube de humo que arranca a su vieja pipa el bizcochero.
Como no contesta a mi pregunta, vuelvo a hacérsela:
-Buen hombre: ¿no sabe usted si está en casa el doctor Arena?
El viejo incomodado, se vuelve en el banco despidiéndome con un enérgico movimiento de hombros.
Entonces decido continuar avanzando, pero doy unos pasos más y me detiene la voz de don Domingo que grita algo que no entiendo.
En seguida aparece apresurado, con su andar extraño, como si las piernas se empeñasen en no obedecer a su voluntad. Lo sigue su perro el viejo León, grandote, gruñón y cojo. Al verme, dice don Domingo:
-Pero hermano! … ¿Qué andas haciendo? … ¿Qué milagro es éste? ¿Venís a visitarme?
-No, don Domingo, vengo a hacerle un reportaje….
-¿Un reportaje a mi?
Don Domingo, que había hecho como un ademán de seguir andando se detiene en seco. Sus pies inquietos, parecen buscar un firme apoyo en la tierra, que nunca encuentran a tiempo que su cuerpo se balancea como falto de equilibrio. Sus brazos tientan con torpeza llegar a mí, pero no atinan a extenderse y lo ensaya una, dos veces, hasta que al fin sus manos me toman fuertemente.
Yo siento dulce e íntimo gozo, al prestarle el apoyo que él necesita…
-Pero, ché hermano ¿dijiste que un reportaje?
-Claro que si, Arena… ¿No recuerda usted que EL DIA conmemorará pronto sus cincuenta años de vida? … ¿Y cómo podríamos hacerlo sin recurrir a usted, el más viejo de la casa, de los que aún permanecen en ella? Yo desearía que hablásemos de los primeros pasos de EL DIA, de la gente de entonces: Batlle… Santa Ana… Don Fermín
-Pero claro que sí! … Me parece una gran idea… ¿Se les ocurrió a los muchachos Batlle?, ¿verdad? Y tienen razón! ¿Quién mejor que yo para eso? Ché… y no se me había ocurrido a mí! …. Yo creo que podemos hacer una gran nota. Contigo, con tu pluma, podremos hacer una gran nota… Claro que para que salga bien, yo dictaré y tú copiaras…
-Solo que yo no asistí a los primeros pasos de EL DIA. Mi aparición en la casa fue después, allá por el 89, cuando estaban ellos en la plaza Independencia. Pero sabes muchacho, yo entonces iba sólo por visitar a Traverso y Santa Ana, que era a los que conocía, y para llevarme alguna entrada para el teatro. Mi intervención activa en el diario se produjo después, a raíz de una huelga de redactores que le hicieron a Batlle, de la cual siempre decía con mucha gracia: “llevándome a los redactores creyeron llevarme el diario”
DON DOMIGNO ARENA ASOMA A LA VIEJA IMPRENTA
Hemos avanzado unos pasos por el túnel de moreras. Hemos tomado hacia la izquierda, por un senderito de piedras loza, que bordean naranjos en flor. Hemos trepado una pequeña escalera…
Atravesado un gran hall, cuadrado, silencioso, severo, al que llega tímida la lejana luz del día y nos hemos instalado en un cuartito pequeño y alegre que da hacia el fondo de la quinta.

Don Domingo se sienta junto al gran ventanal. León se echa a su lado, recostado en sus rodillas la cabezota tan hermosa y expresiva. Yo aguardo en el escritorio, lápiz en mano y, parece mentira, a los dos viejos periodistas, no se nos ocurre como empezar. Entonces él me dice:
-Si quieres, pregunta lo que te interesa… Yo te contesto
-Bueno, don Domingo, comencemos ordenando su relato sobre la primera vez que asomó a
EL DIA
-Eso es… Me parece bien así… Mira… como ya te dije fue allá por el año 89. Cansado en Tacuarembó de fundirle negocios a mi pobre padre, pensé un día venirme a Montevideo, decidido a estudiar.
-Coincidiendo con esta firme determinación mía, el gobierno dictó una ley, según la cual todo estudiante que hubiese cursado hasta séptimo año de instrucción primaria podía ingresar en la Universidad. Yo aún cuando había ido poco a la escuela, pues lo más que sabía me lo había enseñado el cura del pueblo le eché el ojo a un viejo y buen maestro que había en Tacuarembó. De inmediato me di a cultivarlo, abrumándolo con atenciones y regalos, pues proveyéndome de botines en la zapatería de mi padre, calcé gratis al maestro, a su mujer e hijos, con tal prodigalidad que, a los pocos meses, partía yo para Montevideo dueño del certificado salvador!
-Fue entonces que conocí a Carlos Travieso, por cuyo intermedio me hice amigo de Santa Ana. Con frecuencia iba, pues, a la imprenta a visitarlos, que entonces estaba instalada en la Plaza Independencia, más o menos a la altura de donde es hoy lo de Zito.
-Mis recuerdos de esa época son algo vagos. Los evoco como a través de una niebla. EL DIA ocupaba un local largo y oscuro. Entrando, a la derecha, estaba la redacción con tres o cuatro mesas en las que se escribía… A la izquierda trabajaban los tipógrafos y allá, al fondo, se veía a don Fermin Silveyra, el administrador.
-Travieso me animaba con calor para que me iniciase escribiendo, pero yo me resistía enérgicamente, pues estaba seguro de no tener condiciones para ello. Confesaba en verdad cierta facilidad de palabra pero me consideraba incapaz de escribir. Por ejemplo: yo sentía, que si viese caer a un hombre de un tranvía, no sabría cómo narrarlo a los lectores del diario.
-Sin embargo tanto insistió Travieso que un día hice una croniquilla de teatro que no me salió del todo mal y luego escribí sobre un crimen que vi cometer en la esquina de la casa en que entonces yo vivía. Recuerdo que era una crónica larga, abundante en detalles y que les gustó mucho a Travieso y a Santa Ana.
-Pero allí quedaron en absoluto suspendidas mis funciones periodísticas. Continúe con mis visitas bastante asiduas, pero para marcharme luego, dedicado de firme al estudio…
Don Domingo calla perdida la mirada en la lejanía, como si lo embargasen los viejos recuerdos… León se despereza, estirando su ya cansada pata coja… Más allá del ventanal asoman las copas de los naranjos que se alinean en largas filas cubiertos de azahares… La rueda mohosa del molino, da una vuelta chirriando y se detiene a tiempo que grandes palomas alzan el vuelo, y allá en lo alto, en el espacio azul, un aeroplano, como un gran pájaro de tendidas alas, va trazando caprichosos giros grises.
-Rompo el silencio preguntando:
-¿Y cuando fue, doctor, que ingreso usted a la redacción de EL DIA?
-Verás… Se produjo la mudanza de la imprenta al local de la calle 25 de Mayo… Yo continuaba con mis visitas esporádicas, pero ya nadie me hablaba de entrar al diario, hasta que un día los redactores le hicieron una huelga a Batlle, yéndose con Arturo Brizuela, que era propietario de “La Tarde”. Don Pepe se quedó solo, sin más que Travieso y Santa Ana en la redacción, pero consiguieron de inmediato el concurso de Fernández y Medina, secretario entonces de “El Bien”
-Travieso, acordándose de mis croniquillas, me mandó buscar enseguida, accediendo yo entonces a ayudarlos. Me inicié arreglando algunos sueltos; a veces también me mandaban en busca de noticias.
-La imprenta, con la mudanza, había tomado una fisonomía distinta, en la redacción, las cuatro mesitas habían sido substituidas por una grandota, muy larga, en la que escribíamos todos. Después, había un escritorio chico y por último el de don Pepe, de muebles inverosímiles, pues eran uno presuntuosos sillones de extraños tapices, destartalados, en los que se iba amontonando el polvo de los años.
-La redacción la componían: Baldriz, pequeño y bigotudo, que hacia marítimas con letra redonda y amplia, tan amplia que con unas cuantas palabras llenaba un renglón y con unos cuantos renglones la carilla. Mansilla, la antítesis de Baldriz, pues escribía con letra tan apretada que parecía siempre empeñado en economizar papel. Era Mansila el repórter más activo que teníamos. Se mantiene batllista irreductible.
-Baldriz guardaba en la imprenta un pequeño perrito al que llamábamos “secretario”, considerado por todos como la mascota de la casa. Baldriz le llevaba comida y lo hacía con tal prodigalidad que lo mató de una indigestión, lo que nos habría desolado de no aparecer enseguida un águila a sustituir al infeliz “Secretario”…
-Después teníamos a Torrendell, de aspecto sacerdotal, que parecía también un mosquetero español, pues era erguido, tieso, muy disciplinado, muy erudito; hacía hermosísimas crónicas teatrales y críticas literarias, y las sigue haciendo con éxito lisonjero en Buenos Aires, como me lo hizo recordar con un libro suyo reciente, que me envió con una dedicatoria que me emociona todavía…
-… a Sandez, un hombre también alto y flaco. De bigotes lacios, caídos, era medio aindiado y de mirada fría, hablaba poco… No sonreía jamás… Era hijo de un célebre coronel Sandez al que no sé en dónde le dieron no sé cuantos lanzazos sin conseguir matarlo. De una gran lealtad a Batlle, se mantuvo en el diario hasta su muerte…
-… Después teníamos a Castilla un hombre muy menudo, muy bondadoso, muy competente. Con frecuencia, mientras trabajaba, se apretaba el corazón con la mano derecha, pues decía sufrir una gran enfermedad que no se la tomábamos en serio y que un día lo mató.
-De repente pasó por la imprenta, dejándome una impresión deslumbradora, Bernardez, desmadejado, metido dentro de un amplio jacket, eternamente bizco, insignificante con sus bigotes y pelos caídos, pero escribiendo con una facilidad y brillantez a lo que yo no estaba acostumbrado y que no me lo presento como a un fenómeno nunca visto! Cuando se alejo de la casa, siempre lo seguí con interés, pareciéndome un fenómeno en eterno crecimiento!
-Este fue el núcleo del personal con quien yo me encontré y que naturalmente, fue creciendo y desapareciendo con el tiempo…
-Enumerarlos, sería hacer la crónica completa de EL DIA. Seria intentar un desfile abigarrado, pintoresco, muchas veces doloroso y habría que incurrir, forzosamente, en omisiones lamentables, pues no sería posible hablar de personajes para mí inolvidables pero a quienes EL DIA ya no quiere recordar…
Don Domingo queda de nuevo en silencio. La vieja rueda del molino comienza a girar… a girar chirriando. Alzan espantado vuelo las palomas, empapando en luz sus grandes alas y allá lejos, entre los árboles, el jardinero canta con voz profunda y sonora…
VIDA DE INTENSA BOHEMIA
Yo pregunto:
-Doctor, ¿Y la empresa, en aquella época? – EL DIA, hermano, iba desenvolviéndose penosamente, con grandes dificultades… No siempre había dinero para el papel. El personal se pagaba mal y cuando se podía. Los más modestos de los empleados tenían fuertes créditos en la casa. Sólo a los que declaraban que ya no podían más, con cualquier sacrificio se arreglaban cuentas y se iban…
Hacíamos intensa vida bohemia. El primer problema de la redacción era el desayuno, pues no teníamos seguro más que el mate amargo. Cuando podíamos se mandaba por café a lo de Marini, que estaba en la esquina.
Ese café recuerdo que se hizo permanente con la presencia de Marella, a quien veíamos como a un potentado y que apareció con la manía del periodismo, pues trabajaba gratis…
Pepe Ríos Silva, un gran cronista policial, agregó el medio pan francés untado con manteca y espolvoreado con azúcar, que nos salía a vintén por cabeza.
Los cigarros los costeaba, algo inconscientemente, don Pepe, que era gran fumador entonces… Llegaba Batlle… ponía un atado arriba de la mesa y se distraía por cualquier motivo que aprovechábamos para fumárselos… El un poco extrañado de haber fumado tanto, mandaba entonces buscar otra cajilla.
Tomábamos también, caña con tangerina, que resultaba riquísima pero apenas nos daban como para llenar un dedal por vintén. En los raros días de abundancia o cuando aparecía algún voluntario generoso, nos embuchábamos en el almacén de la esquina con un chorizo con huevos.
Con la ayuda de Marella me inicié yo en los temas médicos. El iba a visitar hospitales y me traía noticias de operaciones fantásticas, espeluznantes. Claro está que me traía los datos adulterados y que yo los adulteraba más aún, pero me causaba gran indignación cuando algún médico amigo se empeñaba en hacerme ver los disparates que escribíamos… Sólo que lo hacíamos con elegancia y originalidad. Nuestros personajes abrían como carniceros, cosían como sastres, hacían maravillas que ellos mismos desconocían…
BATLLE, PERIODISTA
– Don Domingo ¿y sus recuerdos de Batlle en el diario?
– Mira hermano: don Pepe, fue para mí, durante mucho tiempo, algo así como un personaje misterioso. No misterioso no digas, pone mejor simbólico. Me producía una impresión extraña, que no acertaba a definir bien y eso me inspiraba gran respeto, a punto de no animarme a llegar a él, yo que siempre fui tan fácil de llegar a la gente.
Cuando aún no lo trataba, lo recuerdo envuelto en un gran levitón verdoso y engalanado.
Yo lo miraba como una estatua en movimiento, de súper medida! La sorpresa se hizo admirativa cuando lo vi por primera vez en la playa, en traje de baño: su contextura muscular me hizo pensar en la figura central de un gran fresco de Miguel Ángel…
Ya más en contacto con él, la levita había desaparecido; era entonces el hombre de trabajo que usaba un jacket amplio, desabotonado y que en los días de frio se envolvía en un gran sobretodo que le llegaba hasta los pies.
Lloviese o no, llegaba temprano a la imprenta… Era intermitente en las tareas… Le daba por trabajar o por no hacerlo… Por escribir o por corregir… Llegaba… Por regla general no nos saludaba. Si encontraba un claro en el personal preguntaba por el ausente, sobre todo en la época en que le daba por la inspección del personal.
Después… solía pasearse por el salón, fumando y silbando bajito, como en un siseo.
Caminaba a grandes pasos, las manos atrás y el busto inclinado hacia adelante, pues todavía no tenía el hábito de tomarse la cadera… eso vino después.
Se sentaba en un extremo de la gran mesa y trazaba el plan que había concebido: escribir sí, escribir; corregir si, corregir. Me acuerdo de que tradujo casi todo el asunto Dreyfus dictándomelo a mí.
En cuanto llegaba Santa Ana se ponían a conversar en voz alta. Nosotros trabajábamos. El único que se atrevía a interrumpirles era yo que, de vez en cuando decía:
-¿Qué es, Santa Ana?
-Nada, -me contestaba él- hablamos del frio…
Don Pepe, al escuchar esto, quedaba un instante en suspenso mirando a Santa Ana, que le aclaraba bajito:
-No, Batlle, Arena, es muy curioso, pero se satisface con cualquier cosa que se le diga.
Y en realidad yo seguía escribiendo…
Batlle era un artista del suelto corto. Por regla general cuando iniciaba sus famosas polémicas, lo hacía en forma enérgica, pero sin recurrir a la violencia. Trabada la discusión sentía la necesidad de superar al adversario, de ahí que forzosamente terminase en conflicto, cuando el contrincante no cedía.
Cuando contestaba en una cuestión apasionante rara vez dejaba de tener el diccionario a su alcance para medir de manera exacta lo que le decían y lo que había de contestar. De ahí que fuera tan preciso y cuando era necesario, tan hiriente.
Cuando yo lamentaba la trascendencia a que llegaban sus discusiones ponía un gran empelo en demostrar que él no era el primero en comenzar: que sus palabras eran enérgicas, pero sin llegar al insulto jamás y que sólo el desmán de los adversarios, que le atribuía muchas veces al desconocimiento del valor de las palabras empleadas, lo obligaban a recurrir a la violencia.
Batlle tenía dos aspectos, como escritor, bien definidos: cuando escribía en frio cuestiones doctrinarias, resultaba extraordinariamente lento. Ponía grandes intervalos entre palabra y palabra, pues se distraía pensando en otras cosas o rumiaba ideas sobre lo que estaba tratando. Pero cuando lo aguijoneaba la pasión o lo apremiaba el tiempo, se transformaba… Entonces, no sólo concebía vertiginosamente sino que elaboraba con la misma rapidez los párrafos más brillantes; en los que lo he visto herir más profundamente y con mayor espíritu artístico, se los vi hacer mientras del taller, urgidos por la hora del cierre, le arrancaban las carillas a medio escribir.
A nosotros Batlle nos deslumbró desde el primer momento. El entonces no intervenía, sino en lo que le parecía grave y no hacía sino sueltos tipos que Santa Ana se aprendía y nos lo recitaba de memoria.
OTROS PERSONAJES DEL PASADO
-Arena, ¿y de otra gente de los viejos tiempos?
-Uno de los que llegó a engrosar el personal de redactores fue Héctor Volo. Cuando apareció en EL DIA venía de Italia, su país natal, donde se decía que llevó una agitada vida de conspirador… Como buen carbonario resultaba Volo un hombre desconfiado. Tenía siempre un aire de misterio, sobre todo gracias a sus inseparables gafas negras. Por regla general hablaba despacio y en cuanto llegaba Batlle se iba a cuchichear con él.
En la época de efervescencia política, cuando el ambiente estaba cargado y había en EL DIA una atmósfera de duelos, Volo parecía siempre dispuesto a batirse o a hacer batir…
Una vez comenzó Volo a recibir las visitas de un hombrón extraño, que recuerdo grandote, macizo y que le metió en la chola que yo era espía de Borda! Se dijo eso en el diario y cuando la estupidez llegó a mis oídos fui al patio donde se encontraba Volo y tomándole de las solapas del saco lo sacudí enérgicamente, a pesar de sentirme ya atáxico, exigiéndole explicaciones, y como era fundamentalmente bueno, se apresuró a calmarme.
Era Volo un espiritista inocente. Años después me visitó un día en mi quinta y estábamos almorzando cuando sentimos unos golpes extraños que Volo enseguida atribuyó a los espíritus. Yo salí para averiguar y era un peón que golpeaba sobre un clavo!
Después el ambiente fue ensanchándose y comenzaron algunos a visitar la pobreza de la casa.
Llegó Roberto de las Carretas, alto, elegante, muy fino, vestido a lo poeta, con traje claro, corbata grande de moño y gancho de anchas alas. No se separaba jamás de su elegante junquillo… Publicaba en EL DIA sus hermosos versos. Solía enamorarse platónicamente.
Roberto miraba, admiraba y soñaba!… Uno de estos amores le inspiró uno de sus más exquisitos folletos; creo que se llamaba “Sueño de Oriente”.
Con él, Fernández y Medina y Torrendell, se formó como un cenáculo literario, en el que yo hacía de pinche. Estaban entonces muy en boga las teorías naturalistas y yo, alentado por Fernández y Medina y Torrendell, que a raíz de mi primer cuento –que me corrigió Travieso- comenzó a llamarme feliz cuentista, me dio por tomarme en serio como literato y comencé a hacer literatura en el diario para disgusto de Batlle, pues un día se me ocurrió describir el baño de unos soldados desnudos en la playa y otra vez una pobre perra que daba cría. Eran cosas que escapaban al debido control, pues, como todos éramos literatos, aquello estaba pésimamente organizado!…
Después llegó Figari, el glorioso pintor, de un tesón extraordinario; se convirtió en gran compañero nuestro. En forma comunicativa nos embarcó a todos en la defensa del caso Almedia, que el sostuvo con tanto tesón como desinterés. Y llegó Tax, Teófilo Díaz, que escribía notas aceradas, de una ironía incómoda, y tan vanidoso y apasionado que un día me dijo –“estos literatos que viven de lo ajeno! Mira, esta imagen de la “pava” entre las yerbas que parece una perdiz, era mía”…
Era un espíritu de extraordinario humorismo. Recuerdo esta anécdota:
Estando en el Tribunal de Apelaciones y siendo juez de feria, intervino en un asunto en el cual, una de las partes se desbocó y decía al final de su escrito:
“Usía dispensará que me desahogue ante la justicia porque el contrario me exaspera”
Y Teófilo dictó un famoso auto que decía:
“Désele por desahogado con costas”
No puedo olvidar como se animaba y congestionaba en la discusión su rostro redondo de ojos saltones terminando en una perilla mefistofélica!
Don Domingo echa a reír… Con toda su alma, ruidosamente, ríe los alegres recuerdos del pasado. Sus brazos enfermos, tras inútiles tanteos, logran al fin tenderse y se abren señalado un amplio círculo en el vacío para caer después inertes, agotados por el esfuerzo.
Y tienen una impresión imposible de describir con palabras los ademanes de don Domingo, pues se diría que, más que la enfermedad, ata a sus brazos la imposibilidad de seguir su pensamiento tan ágil, tan brillante, tan cálido.
Yo mismo, cuando en los intervalos de la charla, releo rápidamente los apuntes que voy haciendo, encuentro aún cuando reflejan ellos con fidelidad sus palabras, carecen del calor de la emoción que le comunican las entonaciones de su voz, la expresión de su rostro y pienso que cuando ensaye llevar a los lectores la emoción de estos relatos, he de sentirme impotente… como los brazos de don Domingo.
EL VENERABLE DON FERMIN
-Doctor Arena: ¿y don Fermín Silveyra? ¿Usted de seguro que lo conoció bien? ¿Quiere que hablemos de él?
– Oh! Si… Don Fermin! Fue todo un hombre de bien. Don Pepe ponía en el, con justísima razón, absoluta confianza, y me habló muchas veces del por qué tenía el convencimiento de su hombría: Batlle le compró a Silveyra la primera imprenta que puso, realizando al efecto un contrato precipitado que resultó lleno de lagunas; la consecuencia de esto fue que con frecuencia aparecían dudas que no se sabía cómo resolver, pero en todas ellas las soluciones que a Batlle le parecían razonables eran invariablemente patrocinaba don Fermín. Por eso, cuando Batlle pudo, se lo llevó de administrador y fue el administrador del momento histórico. Sin su implacabilidad para decir: no!… no!…no!… a todos los que le pedíamos dinero, EL DIA se habría cerrado muchas veces.
Y esa implacabilidad llegaba hasta el propietario de la casa… Yo asistí varias veces a esta escena memorable: Don Fermin detrás de su pequeño escritorio, con los brazos cruzados, encarado enérgicamente con Batlle que había llegado con pretensiones de sacar dinero… A medida que don Pepe avanzaba, don Fermín se erguía para tratar de contenerlo, endurecida la mirada, y Batlle que debilitaba su marcha a tiempo que se iba a producir el contacto llegaba a don Fermín visiblemente debilitado, y si había concurrido con la pretensión de llevarse veinte pesos, apenas se atrevía a formularle el pedido de cinco, que don Fermín también se los retaceaba, hermano!…
Vuelve a reír don Domingo ruidosamente, alegremente. Al relatar la última frase sobre las famosas entrevistas, la voz de don Domingo, cálida y sonora, fue subiendo de diapasón para terminar en una voz ancha, ruidosa, llena de colores. En una gran voz que parecía empujada por la risa que brotó espontánea sacudiendo su cuerpo todo; su hermosa cabeza, su brazo diestro extendido que, tras subrayar un gesto enérgico, se abatió como agotado, como vencido…
Después calló don Domingo y lentamente se fue borrando de su rostro la alegría… Y quedó pensativo, grave, recostándose en el gran ventanal su cabeza blanca enmarañada, en la que parecía concentrarse toda la fuerza de una vida extraordinaria, de una inteligencia extraordinaria, la sensibilidad de un alma extraordinaria.
Y allá afuera, sobre las copas de los naranjos en flor, sobre la rueda ahora inmóvil del viejo molino, comenzaba a morir la tarde.
CÓMO SE ACERCARON BATLLE Y ARENA
-Don Domingo, y usted y Batlle? ¿Cómo comenzaron a aproximarse? ¿Cómo llegaron tan unidos al final?…
Fueron mis primeras crónicas las que me aproximaron a don Pepe. Una sobre romerías españolas que se realizaban en el capo Eúskaro que a él le gustó mucho, rompió el hielo que había levantado entre los dos una incidencia desgraciada en el teatro, que ya conté: se me ocurrió llamarle la atención sobre las curvas exuberantes de una dama que cantaba en el escenario.
Años más tarde, ya buenos amigos, solíamos salir a pasear juntos. Don Pepe de común lo hacía con Santa Ana, que era la mariposa que siempre andaba alrededor de Batlle, pero cuando Arturo no podía hacerlo, entonces me tocaba el turno a mí. Y nos íbamos por las calles… y me hablaba de que su diario iba a ser una gran empresa periodística… Que llegaría a vender veinte mil ejemplares diarios!… Que tendría de avisos, diez mil pesos mensuales!:
-“No se imagina usted Arena, la empresa que vamos a hacer”…
“todo es cuestión de tiempo”, me decía, y yo, prendido de su brazo, siguiendo con algún esfuerzo sus pasos largos y pesados, lo miraba de abajo a arriba como quien oye delirar a un iluminado!
Y mirá que coincidencia extraña y para mí interesantísima, hermano: la primera vez que se concretaron en hechos lo que me parecieron delirios de Batlle, fue encontrándome solo en la dirección de EL DIA, con don Fermín en la administración, mientras don Pepe se paseaba por Europa.
Con tal motivo le escribí una carta emocionada, en la que le decía el placer que me daba que, bajo mis auspicios, se hubiera concretado en hechos lo que me parecía delirios suyos en nuestros paseos mañaneros de diez años atrás. Y concluía la carta así:
… “Pero yo no me envanezco por lo que no es mío, e imitando a Togo, que a raíz de su gran triunfo le telegrafió: “el Mikado ha triunfado otra vez!”… yo digo: “Batlle ha vuelto a triunfar en EL DIA”
Hemos dejado la piecita del gran ventanal. Hemos traspuesto el hall ancho y severo, ahora más en sombras. Precedidos por el viejo León, somnoliento, gruñón y cojo, descendemos una pequeña escalera y salimos a la veredita de piedra loza bordeada de naranjos en flor…
Después al camino en que forman bóvedas las moreras, entre cuyas ramas, desnudadas por Otoño, se cuela el sol que ahora va muriendo y que pone en el suelo extrañas manchas rojas.
Llego a la pequeña carretera en la que parecen haberse erguido los viejos eucaliptus, pues ya no proyectan sombras… Las muchachas de los soldados con sus vestidos de colores que aguardan a que las alegres notas del clarín rompan el quieto silencio de la tarde, anunciándoles la llegada de sus mozos…
Allá viene jadeante el autobusito con una gran llama de fuego que finge en su techo un rayo de sol. Trepo a él… Me instalo…
Piedras Blancas pone en mi alama alegres recuerdos, y muy tristes recuerdos. Después, como en sueños, escucho la charla de Arena, tan brillante, tan llena de emoción y colorido, y pienso con tristeza que cuando ensaye llevar al lector la emoción de estos relatos del pasado, he de sentirme impotente… como los brazos de don Domingo.

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