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LA TIERRA PURPÚREA. W.H. HUDSON. LOS MUCHACHOS EN EL MONTE.

A continuación un fragmento del libro de W.H. Hudson titulado “La tierra Purpúrea” Un idilio uruguayo. Este libro se publicó por primera vez en el año 1885, siendo su autor de origen ingles.

XII

LOS MUCHACHOS EN EL MONTE.

 Antes de abandonar la estancia del magistrado, había resuelto volver a Montevideo por el camino más corto y lo más pronto posible; montado en un caballo bien descansado, recorrí buen trecho aquella mañana. (…) Mi camino, aquella mañana, me condujo por la parte oriental del distrito de Durazno, y quedé encantado de la hermosura del campo, aunque el terreno estaba muy seco, y, en las partes altas, el pasto quemado por el sol había tomado varios matices de café y amarillo. (…)

 Después de obtener algunos informes del pulpero acerca del país por el que debía atravesar, el cual me dijo que probablemente llegaría hasta el río Yi antes del anochecer, continué mi camino. Como a las cuatro de la tarde llegué a un extenso algarrobal del que ya me había advertido el pulpero, y siguiendo su consejo, orillé su lado oriental. Los árboles no eran grandes, pero el monte tenía cierto rústico atractivo lleno de melodiosa algarabía de las aves, que me incitó a apearme y a descansar una hora bajo su amena sombra. (…)

 Estaba en ese momento a punto de quedarme dormido, cuando resonó a corta distancia la estridente nota de una trompeta, seguida por fuertes gritos de diversas voces, que me hizo al instante ponerme de pie. Un estrepitoso griterío respondió de otra parte del monte, seguido por el más profundo silencio. Luego, volvió a resonar la trompeta, alarmándome sobremanera. Mi primer impulso fue montar a caballo y escaparme; pero, recapacitando, concluí que estaría más seguro quedándome escondido entre los árboles, puesto que al apartarme de ellos me verían los rebeldes, ladrones o lo que fueran. Poniéndole el freno a mi caballo para estar ponto a escaparme, le conduje dentro de un tupido matorral y allí le até. Continúo el silencio que había caído sobre el monte, y por último, no pudiendo soportar más tiempo la incertidumbre, empecé a caminar cautamente, revólver en mano, en la dirección de donde habían venido las voces. Deslizándome silenciosamente por entre los arbustos y árboles donde más tupidos crecían, llegué, por último, a la vista de un claro de unos dos o trescientos metros de extensión cubierto de pasto. ¡Cuál sería mi asombro al ver cerca de uno de sus bordes a un grupo de muchachos entre diez y quince años de edad, de pie y enteramente inmóviles! Uno de ellos empuñaba una trompeta, y todos llevaban un pañuelo o un pedazo de trapo colorado atado a la cabeza. De repente, mientras les aguaitaba, acurrucado entre el follaje, resonó estruendosamente una trompeta del lado opuesto del claro, y otro grupo de muchachos, llevando pañuelos blancos en la cabeza, se precipitaron por entre los árboles y avanzaron, dando estruendosos vivas y mueras, hacia el medio del terreno. De nuevo tocaron su trompeta los cabezas coloradas y salieron osadamente al encuentro de los recién llegados. Mientras las dos bandas se iban acercando una a otra, cada una encabezada por un muchachón que de rato en rato dirigía se a su séquito y con violento ademán les arengaba como para animarles, me asombró ver que, de repente, todos desenvainaron grandes facones como los que usan los gauchos y se arremetieron con extremada furia. Al momento se formó una confusa masa que luchaba desesperadamente y lanzaba los más horripilantes gritos, brillando sus largos facones mientras los blandían a la luz del sol. Se atacaron con tal furia, que al poco rato todos los combatientes estaban tendidos en el suelo, salvo tres muchachos con distintivos colorados.

 Entonces, uno de esos pícaros sedientos de sangre tomó la trompeta y sonó un trompetazo en señal de victoria, acompañado de los vivas y mueras de los otros dos. Mientras en esto se ocupaban, uno de los muchachos de pañuelo blanco se puso trabajosamente de pie, y empuñando un facón, acometió a los tres colorados con temeraria valentía. Si no hubiese quedado pasmado de asombro con lo que había presenciado, habría corrido en el acto a socorrer al muchacho en su desesperada empresa; pero en un instante sus tres adversarios se le fueron encima y le derribaron al suelo. Entonces, dos de ellos le sujetaron por los pies y los brazos, mientras que el tercero alzo su facón y estaba a punto de hundirlo en el pecho del prisionero que se esforzaba desesperadamente por escaparse, cuando dando un gritazo, me puse de pie y me precipite a ellos. Inmediatamente se levantaron y huyeron aterrorizados y gritando, hacia los arboles; entonces -¡más maravilloso todavía! – los muchachos muertos… resucitaron, levantándose, huyeron de mi, corriendo en pos de los demás. (…)

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