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Émile DURKHEIM. Las reglas del método sociológico. Cap. V. Parte IV.


Extractos de texto, paginas 136 – 138. Cap. V Reglas acerca de la explicación de los hechos sociales, parte IV.
V
(…)
Del grupo de reglas que acabamos de describir se desprende cierta concepción de la sociedad y la vida colectiva. En este punto dos teorías contrarias dividen las opiniones.
Para unos, como Hobbes, Rousseau, hay solución de continuidad entre el individuo y la sociedad. Por lo tanto, el hombre es naturalmente refractario a la vida común, y se resigna a ella por obligación. Los fines sociales no son simplemente el punto de confluencia de los fines individuales; más bien puede afirmarse que los contradicen. Así, para lograr que el individuo los persiga, es necesario hacerle coacción, y la obra social es por excelencia la institución y la organización de esta coacción. Pero como se ve en el individuo la sola y única realidad del reino humano, esta organización, cuyo objeto es molestarlo y reprimirlo, inevitablemente es un fenómeno artificial. No está basada en la naturaleza, pues su propósito es violentarla, impidiéndole que produzca consecuencias antisociales. Es una obra de arte, una máquina construida totalmente por la mano del hombre, y, que como todos los productos de este género es lo que es únicamente porque los hombres la quisieron así; fue creada por un decreto de la voluntad, y otro decreto puede transformarla. Aparentemente ni Hobbes ni Rousseau parecen haber advertido hasta qué punto es contradictoria la idea de que el individuo es precisamente el autor de una máquina que se propone esencialmente dominarlo e imponérsele; o por lo menos han creído que para lograr que desaparezca esa contradicción, bastaba disimularla a los ojos de sus víctimas mediante el hábil artificio del pacto social.
Los teóricos del derecho natural y los economistas, y más recientemente Spencer se inspiraron en la idea contraria. Para ellos la vida social es esencialmente espontánea, y la sociedad una cosa natural. Pero si le confieren ese carácter, no es porque le reconozcan una naturaleza específica, es que haya la base de la vida social en la naturaleza del individuo. A semejanza de los pensadores anteriores, no ven en la vida social un sistema de cosas que existe por sí mismo, en virtud de causas especiales; pero, mientras aquéllos la concebían simplemente como una disposición convencional que no está unida por ningún vinculo con la realidad y que, por así decirlo, se mantiene en el aire, éstos le asignan como base los instintos fundamentales del corazón humano. El hombre se inclina naturalmente a la vida política, doméstica y religiosa, al intercambio, etc., y de todas estas inclinaciones naturales deriva la organización social. Por consiguiente, donde quiera es normal, no necesita imponerse. Cuando recurre a la imposición, lo hace porque ya no es lo que debe ser, o porque las circunstancias son anormales. En principio, basta permitir el libre desarrollo de las fuerzas individuales para que se organicen socialmente.
No abrazamos ninguna de estas doctrinas.
Sin duda, afirmamos que la coacción es la característica de todo hecho social. Pero debemos señalar que esta imposición no es el resultado de una maquinaria más o menos sabia, destinada a disimular a los ojos de los hombres los lazos en que ellos mismos caen. Es simplemente resultado de que el individuo se encuentra en presencia de una fuerza que lo domina y ante la cual se inclina; pero esta fuerza tiene carácter natural. No deriva de una disposición convencional que la voluntad humana ha superpuesto del principio al fin a lo real; surge de las entrañas mismas de la realidad; es el producto necesario de causas dadas. Así, para lograr que el individuo se someta a ella de buen grado, no es necesario recurrir a ningún artificio; es suficiente que cobre conciencia de su estado de dependencia y de inferioridad naturales sea porque se forja mediante la religión una representación sensible y simbólica o porque logra elaborar por vía científica una ida adecuada y definida. Como la superioridad de la sociedad sobre él no es simplemente física, sino intelectual y moral, ella nada tiene que temer del libre examen con la única condición de que se lo practique acertadamente. La reflexión, al lograr que el hombre comprenda hasta qué punto el ser social es más rico, más complejo y más duradero que el ser individual, inevitablemente le revela las razones inteligibles de la subordinación que se exige de él, y de los sentimientos de adhesión y de respeto que el acto ha arraigado en su corazón.
(…)

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